Ya atardece, el sol va cayendo y siendo absorbido por el mar, pintando el cielo de esa naranjo especial, como el que tengo en mi jardín, no son grandes la naranjillas o como se llamen, pero son sabrosas al comerlas y extraerles ese jugo que poseen, que deja mis manos sucias cada vez que las despojo de la cascara, la cual dejo caer en el patio sin contemplación esperando que el tiempo las pudra y las transforme en alimento para la tierra. Quizás sea una torpeza de mi parte, pero me siento feliz con ello.
Quiero cerrar el día, pero no dejo de pensar en una carta que leí, donde el rencor y el odio era su profunda expresión, intentando ocultarla con quejas y comentarios banales, muchos de ellos carentes de verdad. Pero lo importante no son las letras ni las comas ni los puntos, si no lo que expresa.
Cuando hoy ordenaba mi mal trecho jardín, después de casi cuatro años de abandono producto de estar tanto tiempo en el mar, pude ver que un sector una bellas flores nacen y crecen con tal majestuosidad, que solo basto un pequeño corte de malezas para que con el sol simplemente iluminen el jardín. Es esta relación con esta flor, la que siento en esa carta, una flor abandonada y perdida, que sintió la soledad con tal fuerza que marchito. Por culpa de no cuidarla, se cubrió de tal manera que no vio el sol y con ello se quebró y seco; y uno que debía cuidar esa flor la perdió. Hoy solo expresa con sus espinas el dolor que cobijo, no hay razones que la hagan comprender el abandono, no hay causales que justifiquen la sequedad de ese jardín, no hay motivo alguno.
Por eso al mirar desde mi terraza lo verde que sale ahora desde la tierra, y los brotes de colores de las pocas flores junto a mis pocos frutales, veo como esas letras en el fondo de esa carta tienen un dejo de verdad, una flor no puede brillar y vivir sin un buen jardinero, y este no puede existir sin un jardín. Por eso cuando no hay esa unión se transforma en un lobo de estepas desiertas y solitarias, no por ello sin sentimientos, pero si errante y sin ganas probables de quedarse en un jardín.Ya el sol no calienta y la brisa es fría, pero escucho el cantar de las aves, algo fuerte por su cercanía quizás o porque el silencio resalta ese dulce cantar. Que más da, esa carta de odio y tristeza, ha llegado fuerte y hondo, no por lo que dice, si no por lo que se siente al leerla.
La brisa calmo, como la inquietud bajo, el jardín cobija mi mirada pues no puedo permitir que vuelva a desaparecer en el abandono, aunque deambule como lobo.
Daniel Malfanti


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